Catalunya, ¿revolución tranquila?
Revolución no implica violencia: la revolución nacional de Catalunya será pacífica o no será
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15/09/2012 - 00:00h
La palabra revolución, estrictamente hablando, se refiere a la
transformación de las relaciones de poder en una sociedad, puesto que
las instituciones que las expresan son matriz de la vida de la gente. Y
el poder se expresa en el Estado. Por eso proclamar la independencia de
Catalunya sería una revolución: el actual Estado español dejaría de
existir y un nuevo Estado europeo vería la luz, tal y como hicieron
recientemente los estados balcánicos o exsoviéticos o Eslovaquia y según
aspiran Flandes y Escocia. Revolución no implica violencia. Existen
ejemplos históricos de divorcios nacionales amigables, Suecia y Noruega
sin ir más lejos. En realidad en el contexto español-catalán la
violencia a gran escala es impensable y socavaría la legitimidad social
del proceso de secesión. Que se lo pregunten a los vascos, que sólo tras
el fin previsible de ETA se pueden plantear la plena soberanía. Por
tanto, la revolución nacional en Catalunya será tranquila o no será. Es
decir, aun con momentos dramáticos, debería poder circular por cauces
institucionales autónomos del Estado central, apoyados eventualmente en
procesos de desobediencia civil. Ese es el horizonte vislumbrado por más
de un millón de catalanes manifestándose tras la pancarta menos ambigua
de la historia anunciando un nuevo Estado independiente en Europa. Para
darse cuenta de la profundidad de esta tranquila determinación había
que estar en esa manifestación y recorrerla de cabo a rabo durante
horas. Estoy seguro de que muchos ciudadanos españoles hubieran cambiado
su percepción (tal vez no su convicción) de haber estado allí.
La
fiesta multicolor y familiar, con tres generaciones de una familia
abrazándose y riendo, las jovencitas pintadas de independencia, los
cánticos, los acentos y fanfarrias de pueblos y comarcas, los castellers
infantiles, los jocosos gracejos, el mar de estelades ondeando al
viento, y esa firmeza alegre en que la rauxa dejaba paso a la calma
convicción de que ya se había llegado. De que Catalunya sería
independiente, de que no habría más pseudonegociaciones, decepciones,
engaños, vueltas atrás. Nadie sabía cómo ni por qué, pero no se dudaba
de la independencia, sobre todo entre esa juventud crecida en el espacio
de autonomía educativa, lingüística y cultural que conquistaron sus
mayores. "La independencia es la solución", proclamaban sus pancartas al
ardiente cielo de verano. Nadie se preguntaba por el pacto fiscal o por
los mecanismos constitucionales o por la prima de riesgo. La mágica
palabra resolvía todo, porque una vez en su casa, como dueños de su
vivencia colectiva, ya la pondrían en orden. "Ilusos irresponsables",
dirían sus realistas críticos desesperados en la crisis de nunca acabar.
Pero en sus ojos y en sus risas había esperanza, una esperanza que
mueve y conmueve, una esperanza que falta en sociedades europeas
atenazadas por el miedo y asqueadas por sus representantes. Porque las
revoluciones son ante todo emocionales y en la naciente revolución
catalana la emoción corre a raudales, convenientemente templada por el
seny.
¿Por qué ahora? Las revoluciones suelen resultar de la
concatenación de varios factores. Una crisis económica profunda que deja
a mucha gente, y en particular a los jóvenes, sin medios de vida. La
rapacidad de los amos del dinero. La desconfianza en las instituciones
políticas y el rechazo a quienes las ocupan. El escepticismo sobre
promesas nunca cumplidas. Y sobre todo la humillación personal y
colectiva por parte de los mandamases. Algarabía será la palabra
hiriente que quedará en el epitafio de un político que no quiso o no
pudo ni escuchar ni entender. Desprecio de lo que uno es, con el añadido
de que nada cambiará por mucho que griten, si es necesario con el
artículo 8 de la Constitución en la mano. Todos esos ingredientes del
brebaje inductor de revoluciones están presentes en la Catalunya de hoy.
Y se expresaron con fuerza creciente en las últimas tres décadas y con
mayor intensidad en los últimos tres años. El dato más citado, el
porcentaje de catalanes encuestados que votarían sí en un eventual
referéndum por la independencia de Catalunya era el 36% en marzo del
2001, el 42,9% en junio del 2011, el 44,6% en febrero del 2012, y supero
la mayoría, con un 51,1% en julio del 2012. Claro está que cuesta mucho
menos contestar a una encuesta que decidir su vida y la de sus hijos
con un voto. Pero lo importante es la tendencia. Y ahí es donde la
confluencia de crisis económica, crisis de legitimidad política y
humillación de la propia identidad conducen al mayor sentimiento
independentista de la historia contemporánea de Catalunya. Cierto es que
con una mayoría exigua no es viable proclamar la independencia. Pero ya
se encargarán los políticos españolistas, jaleados por la caverna
mediática, de engrosar rápidamente la legión de los humillados y la
intensidad de la rauxa. Y la experiencia histórica dice que cuando la
amplia mayoría de un pueblo piensa contradictoriamente a la
Constitución, es esta la que cambia, a menos que se imponga una
dictadura, lo cual es socialmente inviable.
El "¿ahora qué?"
parece claro, aunque sus ritmos y procesos son imprevisibles. Si el
Gobierno y el PSOE siguen diciendo no al pacto fiscal, Mas, que está
ejerciendo de líder tranquilo y firme de la llamada transición nacional,
convocará elecciones que consagrarán la desaparición de un PSC que ya
no tiene C y dejará al PP atrincherado en un reducto españolista con
horizonte de extinción generacional. Un Parlament mayoritariamente
soberanista convocaría un referéndum con garantías, aun al margen de la
ley española. Y si la negociación con España fracasa, habría
desobediencia civil e institucional, empezando por la tributación
voluntaria a una agencia catalana. ¿Europa? Puede reflexionar la UE. Y
tampoco les va tan mal a Suiza, Noruega o Islandia, enlazadas a la UE
por múltiples acuerdos.
Lo impensable es posible. La
independencia, partiendo de un sentimiento ampliamente mayoritario el
día que exista, es posible, pese a los constitucionalistas tertulianos. A
menos que haya una negociación inmediata, seria y constructiva que
empiece por un pacto fiscal justo con Catalunya manteniendo la
solidaridad con España.